Saludos y saludes

 

XXXIV

Como algunos lectores nuestros lo habrán notado, en esta región occidental del país es muy frecuente escuchar que las personas, cuando charlan informalmente con otras, y mencionan a una tercera, que la primera pida a la segunda –al despedirse– que cuando vea a esa tercera le dé saludes. El interpelado suele responder que sí, que así lo hará. Dice: “cuando lo vea con gusto le daré tus saludes”.


Como le es evidente a los que viven en el centro del país, y en general en cualquier otra región hispanoparlante del resto de nuestro país o de otras naciones, ese uso les parece extraño porque ellos jamás lo construirían así, sino que dirían “lo saludas de mi parte” y el otro responde “claro, de tu parte le daré tus saludos”.  


Nada hay de extraordinario en estas diferencias. Es lo normal en el uso de las lenguas; es decir, que se conoce como dialecto o variedad diatópica a las formas regionales de cómo usar la lengua y en esta zona occidental de México hay unos usos peculiares del español que abarca los estados de Jalisco, Michoacán, Colima y Nayarit. En esta zona geográfica hay muchas palabras y modismos y construcciones sintácticas que sólo se usan por acá y son extrañas o desconocidas en otras regiones del país (esto no quiere decir que sean totalmente desconocidas en otras terceras regiones del habla hispana). Ya en otra ocasión hablamos de términos como poder una cosa (por soportar, alzar un bulto), eso me sabe (por eso me agrada), etc. Y de seguro en otras reflexiones tendremos ocasión de comentar muchas más, como el que una cosa “gane para allá” (¡Como si se tratara de un concurso!) o que algo o alguien “está cuarro” o que los zapatos se sujetan con cabetes y no con agujetas, y otras más. Y por supuesto hay usos a la inversa: es decir que se usan en el centro del país, pero son desconocidas en esta zona occidental nuestra; pienso ahora en términos como jaletina, en lugar de gelatina; papelote en lugar de papalote; o “ir con Dios” en lugar de “ir a Dios” o simplemente adiós. Y quizá no esté de más mencionar que en otras regiones del habla hispana hay usos que son completamente desconocidos en nuestro país, sea por caso que en España llaman cacahuetes a lo que nosotros llamamos cacahuates o chapapote al chapopote


Pues bien, en el caso de saludes en lugar de saludos es una curiosa construcción que a mi parecer es arcaizante, y con ello no pretendo descubrir el hilo negro porque, quienes nos dedicamos a estos asuntos de la lengua, sabemos perfectamente que en términos generales el español de México (como en el resto de América) tiene un uso arcaizante muy característico. En fin, que hoy quiero reflexionar sobre la búsqueda de dónde nos vino el uso de saludes (que nada tiene que ver con amigos, amigas y amigues, y otras yerbas que el amable lector de seguro habrá escuchado).


Antes de escribir este artículo estudié el tema y llegué a la conclusión de que la manera por donde pudo haberse generalizado esta característica fórmula del saludo puede tener dos vías. La primera es porque puede ser la forma plural del sustantivo salud y así podemos desearle a alguna persona que tenga salud o en plural (ya hemos hablado del plural de intensidad como en buenos días) que tenga muchas saludes


La otra opción, y es por la que terminé por inclinarme, es que procede del verbo saludar, pero no conjugado en indicativo (yo saludo, tú saludas, él saluda, etc.) sino en subjuntivo (yo salude, tú saludes, él salude, etc.). No obstante, tiene una grave dificultad decantarse por este origen porque, como algunas personas lo habrán notado ya, saludes, en los ejemplos mencionados arriba, están funcionando (aparentemente) como sustantivo. Es decir, en la oración “le das mis saludes” o “Yo le daré tus saludes”, la palabra en cuestión es el modificador (Objeto Directo) que se añade al núcleo del predicado (verbo): das/daré. Repitiendo. Núcleo del predicado (verbo), “das”; objeto directo (sustantivo), “mis saludes”. Núcleo del predicado (verbo), “daré”; objeto directo (sustantivo), “tus saludes”. Bueno y pase. No obstante, nada difícil es sostener que no, que saludes sí es verbo en subjuntivo; sea por caso el siguiente ejemplo: “que me lo saludes” o “sí, sí, saludes de tu parte”. En ambos casos funciona perfectamente como subjuntivo, porque, como también ya sabemos, el subjuntivo se utiliza para construir acciones que indican deseo o posibilidad de que la cosa se realice. Y así se podrían explanar estas oraciones como: “cuando haya la posibilidad, te pido que le desees salud de mi parte” o “Sí, ya te entendí, tu deseo es que tenga salud”.


Pero, ¿por qué, al glosar los enunciados, tuvimos que cambiar el verbo (saludar) por el sustantivo (salud)? Pues porque, aunque no lo parezca, saludar es un verbo derivado, es decir, que se “construyó” a partir del sustantivo “salud”. 


Ahora bien, el argumento definitivo para decir que es un verbo en subjuntivo (saludes) y no un sustantivo (saludo) descansa en el origen latino de la construcción. Veamos. 


Saludar es un verbo que ya existía en latín (saludare) y se utilizaba, como ahora en español, para construir la amable expresión de bienvenida, de presentación de un cumplido en el encuentro entre dos personas que charlan. Pero es conveniente aclarar que no era la única manera de hacer esa función fática de la lengua, sino que había (como en el español) muchas otras: valeo, salve, saluto, ave (¿en español cuáles tenemos?: hola, quíhubole, qué onda, buenas, abrazos, etc.). Quizá la más usual en el habla coloquial era “ave”. Recuerde el lector sus lecturas bíblicas y le vendrá a la mente que la traducción del latín al español de cierta famosa oración con frecuencia se dice con el saludo en latín: “Ave, María, llena eres de gracia”. Una traducción más equivalente al sentido literal sería: “Hola, María, tus gracias son muchas”.


Pues bien, saludar se usaba con mucha frecuencia en el lenguaje escrito y no en el oral. Para ser más precisos, se utilizaba mucho como fórmula al iniciar o finalizar una carta: alicui salutem dicere o salutem tibi plurimam adscriba o alicui multam salutem o plurimam salutem o tu Petri salutem dices; y muchas otras fórmulas se han conservado en los códices. Pues bien, como podemos observar, la forma usada para “saludar” es salutem en todos los casos y así lo hemos señalado con letras negritas. Si aplicamos nuestros conocimientos de gramática histórica del español, podemos evolucionar, sin titubeo alguno, la palabra “salutem” como “saludes”. Es decir, que pudo construirse saluto (saludo) como se podía hacer y se hacía, pero en todos los casos no se eligió saluto sino salutem, como hemos visto en los ejemplos citados. Dicho con otras palabras, más formal salutem más coloquial saluto


¿Es esto sorprendente? Claro que lo es, porque normalmente la evolución del latín al español fue a la inversa; es decir, evolucionaron hacia el español las expresiones coloquiales del latín, y no los términos estándar o los cultismos; así tenemos que casa derivó de casa y no de domus (esta última era la más usada, la primera era propia del latín rústico y se refería a una choza); caballo de caballus y no de equs (ésta era la de uso universal) y un largo etc.


Para concluir, ¿esto quiere decir que el español hablado en el occidente de México es un español arcaizante y cultista, que prefiere las construcciones formales a las coloquiales? No, por supuesto que no hemos querido decir eso; dado el caso, el fenómeno sería a la inversa. Lo que pretendo establecer es que “saludes” no es un caprichoso invento de los occidentales de México (como sí es un caprichoso invento que de seguro no se generalizará el amigues, compañeres, y otros tantos), sino que tiene una lógica construcción y que es muy probable que en el español medieval debió utilizarse mucho esta fórmula (saludes/ salude/salud) en lugar de saludos. No es pues una voluntariosa construcción saludes, sino muy castiza, y que no dudaría que en ciertas regiones rurales de España se utilice. No sería un fenómeno nuevo, hay muchos casos así en el que el español arcaizante de Hispanoamérica, aunque desconocido en las ciudades españolas de hoy, se usaba y se usa en algunos pueblos, de la misma manera que se usa acá en América. Para cerrar, sólo un ejemplo de esto último que digo. Vaiga es el arcaísmo de vaya, y esta palabra (vaiga) está perfectamente perdida; no obstante, en este siglo XXI se la he escuchado a dos personas: un campesino zamorano, de un pueblo cercano a la frontera con Portugal, y a mi querida nana, Rosita Mendoza, originaria de una comunidad cercana al Pico de Orizaba (Chalchicomula). ¿Qué hay en común entre esta poblana (con más sangre india que mestiza) y este alistano (más celtíbero que latino), originarios de dos remotísimas comarcas de sus respectivos países?: La lengua, nuestra amada lengua.




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