…¿Y SI SÍ?... LA FÓRMULA CONTRA UNA MALDICIÓN


 

LVI

En fechas recientes se ha celebrado (parcialmente) el mundial de futbol en México y esta actividad ha sido motivo para que los aficionados al deporte de las patadas se olviden de todo, se entretengan, jueguen como colegiales y vuelvan a soñar que la luna es de queso. Es verdad que el motivo para festejar nunca falta, y si se gana porque se gana y si se pierde porque se pierde. Pero debemos reconocer que los hechos acaecidos en las calles y en los medios masivos de comunicación fueron diferentes a lo que ha sucedido en otras ocasiones.

Es verdad que siempre los mexicanos se destacan en los mundiales o mejor dicho, en las celebraciones mundialísticas callejeras, se celebre el torneo en Francia, la península arábiga o Rusia. Da lo mismo, el carácter ruidoso, bullanguero, irreverente y desinhibido siempre sorprende y agrada a los aficionados de otros países. Y quizá más sorprende porque nunca gana el torneo nuestra selección, pero hacemos una juerga, como si cada cuatro años la selección mexicana fuera la campeona del mundo.

Por lo tanto, los festejos en este año 2026 no nos cayeron tan de sorpresa, ya sabemos que siempre es así; no obstante hubo dos ingredientes nuevos que sí son dignos de reflexión: la intensidad y la ilusión. El primero de estos hechos se lo dejaremos al análisis de los interesados en la psicología de las masas; muchas cosas habría que decir respecto de esa locura colectiva que se vivió en muchas ciudades de nuestro país, yo creo que nunca había sucedido algo semejante. Lo otro, la ilusión, tiene que ver con un fenómeno lingüístico que estos son los que me motivan a tomar la pluma y verter algunos comentarios. Veamos pues el caso.

Como todos los sabemos, el desempeño del equipo representativo de México fue peculiarmente notable. Y no nos referimos a la entrega que hizo en todos los partidos en los que compitió; ya otras veces se ha visto esa pasión de los jugadores y cuando no ha sido así, la opinión pública suele ser durísima con el seleccionado nuestro. No obstante, ese sacrificio que ya conocemos se destacó por lo peculiarmente intenso que fue; sin duda, comparable con la pasión callejera de los festejos. Hoy no hubo nada que reprochar a los jugadores porque se dejaron el alma en la cancha y el resultado de eso fue palmario con el llegar invictos y sin recibir gol en los primeros cuatro partidos. Esto hizo que la ilusión se fraguara de tal manera y con tal intensidad, que era como un sueño del que no podíamos saber si queríamos despertar o no. En fin, los mexicanos lo sabemos, la gran ilusión surgió cuando se aproximaba la fecha en que el seleccionado mexicano se enfrentaría al inglés.

Quiero decir que se acuñó una frase en los medios de comunicación (principalmente en las redes sociales) que fue aceptada incondicionalmente por todo el mundo, aficionados de siempre o aficionados de ocasión: ¿y si sí? Y de las redes pasó a los medios de comunicación de todo tipo y llegó hasta las charlas callejeras y se convirtió en vade mecum para todo, hasta para responder casualmente si nos gusta la cerveza clara u oscura; si somos aficionados al dominó o al boliche, etc.

La expresión implica muchas cosas, y quizá lo más valioso y rico forme parte del inconsciente colectivo mexicano y tiene que ver con muchos aspectos que ya se han discutido de la personalidad del mexicano: que si el complejo de inferioridad nuestro, que si el medio tono mexicano, que si el carácter crepuscular de nosotros; que sé yo, hasta el afamado bovarismo mexicano, discutido en la primera mitad del siglo XX.

Pero de nada de esto hablaremos porque lo que ahora nos concita son los fenómenos lingüísticos. Es decir, sólo queremos expresar ahora el sentido y el significado literal de esta expresión que se esgrimió como una especie de letanía o como un conjuro contra la mala suerte o como una expresión juguetona de la ilusión, de que ahora la suerte de la selección mexicana de fútbol sería diferente a la de los torneos previos.

En la prensa se dijo que la famosa y críptica expresión –y los conjuros deben ser así: crípticos y misteriosos; expresados en una lengua extraña e incomprensible (sólo apta para iniciados) pero en parte, también evidente o por lo menos, intuible como los arcanos, como los mensajes de las sibilinas, como el oráculo de Delfos– no es original de estos momentos del ensueño propio del láudano que provocó en muchos aficionados la certeza o la posibilidad de que se triunfaría sobre el seleccionado inglés–.

Se dijo que fue la respuesta que un director técnico dio (a manera de pregunta retórica) a un periodista que lo interrogaba; éste insinuaba en su pregunta que a lo mejor el equipo que el interrogado dirigía terminaría por perder el encuentro; el técnico, no quiso responder insuflado de prepotencia y confianza de que sí ganaría su equipo, sino que lo dejó dicho con esta pregunta: ¿Y si sí?

Pues bien, la expresión revivió y cobró tal fuerza, como todos ya lo sabemos. En consecuencia, empezaremos por decir que la escritura de ésta deberá ser con puntos suspensivos iniciales y finales; es decir, se debe dejar expresado que antes de la frase hay otra a la que se encadena y que al final de la misma, ya no se agregó más nada, pero se dejó sugerido un mar de posibles consecuencias.

Por otro lado, aunque tiene el aspecto de una frase (enunciado breve sin verbo conjugado) en realidad implica más, mucho más, por lo menos tres oraciones (tres verbos conjugados) encadenadas entre sí por yuxtaposición y subordinación; pero casi todos los elementos se han elidido (suprimido), empezando por los verbos y continuando con todos los elementos de la oración. Por eso es que era necesaria la explicación del entrenador y el reportero que explicó la prensa y que ahora hemos referido sucintamente.

El enunciado ya completo podría ser el siguiente: “Su equipo no ganará el próximo partido: ¿Y si sí ganamos?, ¿te puedo dar un puñetazo en la nariz?”

La primera oración, como se ve, no es en realidad una pregunta, sino que es una afirmación provocadora tan común en los periodistas al realizar las entrevistas: en verdad  no preguntan nada, sino que afirma veladamente algo; en parte cobardemente y en parte provocadoramente, quizá con la ilusión de lograr que el entrevistado caiga en el garlito y la respuesta le pueda redituar unas ocho columnas muy exitosas. Y si en la versión original pudo pasar desapercibida la provocación en los encabezados periodísticos, vaya que sí dio muchísimos réditos tiempo después y en otro contexto.

La segunda oración (“¿Y si sí ganamos?”) se yuxtapone a la primera; como ya dijimos es una pregunta retórica, porque en realidad el entrevistado no tiene duda alguna que necesite solución: ambos saben muy bien lo que se traen entre manos. Por su parte la tercera oración (“¿te puedo dar un puñetazo en la nariz?”) Es la condicional o consecuencia que se origina en la fórmula típica de las oraciones condicionales (“y si sí”, “y si tal vez”, y si acaso”, etc.) Dicho de otra manera: “Te daré un puñetazo en la nariz a condición de que ganemos el partido”; “te podré golpear bajo el requisito de que mi equipo gane el siguiente encuentro”, etc.

La intuición nos decía que en el partido contra Inglaterra sucedería lo que siempre sucede y que es un fantasma que nos agobia: la selección mexicana no pasaría a la siguiente etapa de partidos eliminatorios. Entonces, con esta fórmula mágica nos alentábamos: “en realidad no es tan obligado que nuestra selección sea derrotada”; “quizá hoy se romperá ese maleficio que siempre ha perseguido al balompié nuestro”. “¿Funcionó el talismán?” Ya vimos que no, el asunto concluyó en lo de siempre. Y podríamos concluir la entrega de esta ocasión con el pesimismo del famoso romance de Federico García Lorca que dice:

«Señores guardias civiles:

aquí pasó lo de siempre.

Han muerto cuatro romanos

y cinco cartagineses.»

 

Y si bien podríamos ser tan pesimistas como el andaluz o como siempre hemos sido los mexicanos, tendríamos que decir que no es del todo así, porque sin duda algo ha cambiado en la mente de las nuevas generaciones de mexicanos que hicieron suyo este mantra. Si hoy fueran testigos de este momento lleno de sortilegios los mexicanos de hace dos o más generaciones hacia atrás, quizá nos hubiéramos entregado trágicamente a ese pesimismo que se confirmó; en cambio, los jóvenes de este 2026 (que lógicamente no son los de 1986 y mucho menos los de 1970) no hicieron suyo, no compraron a las viejas generaciones su pesimismo, sino que dejaron abierta la puerta a la ruptura de ese círculo vicioso y lo expresaron con esta frase que no es frase, sino oración y que no es una oración, sino, por lo menos, tres y que no son tres oraciones, sino un conjuro a favor del optimismo.

 




Comentarios

Entradas populares de este blog

Virote, bolillo, telera, torcido

Arcaísmos de la lengua española

¿Buen día o buenos días?